06 febrero, 2006

Fugaz


Después de saltar, pude ver todo tan claro, tan vívido, tan suave, real y fugaz; por sobre todo fugaz. desde el piso 7 de un edifico anónimo de Pedro de Valdivia, comienzo mi descenso en cámara lenta. Las lágrimas empiezan a secarse en mis ojos y el olor de la mañana me revuelve el estómago como siempre que llego, furtiva a tocar el timbre de una puerta que no es la mía y en la que no soy bienvenida a ciertas horas del día, durante la noche, los días libres y festivos, cuando hay familiares, amigos, visitas o cuando hay trabajo, trámites, cambios de humor o un día como hoy en donde soy yo la que no quiere estar ahí, ni ahora ni nunca más... "No es tu culpa" algún amable anfitrión me diría "es la circunstancia, la mala suerte". Pero si es mi culpa entrar donde no me quieren a vender besos que resultan más dulces de lo que deberían, a engañar a hermanas, esposas y madres; todos los días con una diferente puerta, con un pisa pies que dice "bienvenido", con un adorno de navidad, con una carta tirada en el suelo; tocando el timbre con los dedos tibios, golpeando suave, con los nudillos desnudos. Soy una obra de arte porque creo que mi vida los es; soy una naturaleza muerta a quien pinta el roce de un pincel enfriado por los años, los problemas, el desamor. Y cobro mi tarifa en compañía, amistad, en sueños, anhelos y esperanzas que gasto mucho antes de que la puerta se cierre detrás de mi y apriete el botón con la flecha hacia abajo; me voy al inframundo caminando por una calle vacía y tranquila; no uso monedas en los ojos, mi barquero sólo cobra la tarifa actual, trescientos cuarenta pesos, ciento veinte si uno es escolar.

Debo decir que no es como lo imaginé. Siento en mi, el peso abrumador de la partida. No es dulce como pensé que sería, el aire se me cuela entre la ropa, las zapatillas negras que odiaba tanto y los pescadores, heredados como casi toda mi ropa, de alguien con más plata que yo pero con la misma mala cuea. Tengo un nudo en la garganta; me quiero poner a llorar pero no tengo tiempo y quiero acordarme de lo que valió la pena, quiero los fuegos artificiales y la música de fondo, pero se me viene a la cabeza, sólo una cara y sólo un nombre a la boca. El nombre del dueño de la última puerta que se cerró al mismo tiempo que la puerta de mi ascensor; los ojos que me miraron, pidiéndome que me fuera, llorando porque me iba. Recuerdo sus caricias tibias, su compromiso descomprometido y el tiempo que se tomaba en esconder aquello que no debía ser visto. El me trató como quien hubiera dado todo para tratarme como me merecía y habría dado más para que no tuviera que irme a ningún otro lugar, ni tocar otra vez a la puerta. El me quiso como era aunque fuera de sus complicaciones, la más tormentosa. No le dije adiós como debí, como él hubiera querido, aunque me tenía respirando un aire que no era mío, probando el embriagador y dulce sabor de lo que uno más desea pero que le pertenece a alguien más. Me besó en el sillón gastado que le regaló su hermana y me puse a llorar. Se cerró la puerta del ascensor y se cerró su puerta. Hubiera querido hacerle el amor tan tierna y dulcemente como nunca lo había hecho y haberle dicho que había alguna forma para quererlo por siempre. No hubiera querido irme, pero lo hice.

Todo se hace más claro, más vívido, más real y tan fugaz. No recuerdo cuantas veces toqué a su puerta pero hoy en la mañana, simplemente no pude. Pasé la punta de los dedos por su timbre y le tiré un beso por debajo de la puerta.

Ahora puedo ver los fuegos artificiales, escuchar la música. Si me hubiera podido quedar, quizás el tiempo hubiera sido suficiente, quizás hubiera podido tocar otra vez a su puerta, quizás hubieras podido escuchar cuando te llamaba. Ahora todo se hace tan claro, tan real, tan fugaz.

Diez y cuarto de la mañana, porque lo he perdido todo, ahora soy libre de tenerlo todo. Solo un sonido en la calle. Quizás estoy golpeando su puerta.

1 Comments:

At 9:56 AM, Blogger PELA'O 2.0 dijo...

sin palabras.

"habla solo cuando tus palabras sean más dulces que el silencio"

 

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